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Historia fascinante la de nuestra ciudad de Chiclayo

Publicado por Walter 12 de mayo de 2012

Iglesia Matriz de Chiclayo (Siglo XIX)
Durante la época virreinal había sido sólo una estación de paso para quienes viajaban, por ejemplo, de Zaña a Lambayeque o viceversa. Pero desde el inicio de la etapa republicana su progreso fue sorprendente. A inicios del año 1835 Chiclayo sólo era una villa, pero en 1874 ya era Capital de Departamento. Tal fue la dinámica ascendente de Chiclayo, que, en cuatro décadas, pasó de villa a ciudad, de ciudad a capital de provincia y de capital de provincia a capital de departamento.

¿Cómo fue posible tan rápido ascenso? Dos razones son las más contundentes. La primera: el empuje tenaz, la vitalidad peculiar de nuestro pueblo. La segunda: la entusiasta adhesión de Chiclayo a las causas de la libertad y la democracia. En esa línea, nuestro pueblo, liderado por el Coronel José Leonardo Ortiz, apoyó heroicamente al General Felipe Santiago Salaverry en su lucha contra Santa Cruz.

Por ello, y otros atributos explicitados en detalle, el 15 de abril de 1835, el General Salaverry, Presidente de la República, dispuso que, en atención a los “los muy distinguidos servicios que ha hecho a la causa de la independencia, libertad y honor del Perú”, la villa de Chiclayo era elevada a la categoría de ciudad. Y tres días después (el 18 de abril de 1835) creó la provincia de Chiclayo con la precisión de que la nueva provincia tendría como capital nuestra ciudad y comprendería los distritos de Picci, Reque, Pueblo Nuevo, Monsefú, Eten, Saña, Guadalupe, Jequetepeque, Chepén; Tocmoche, Cachén y Llama, que se desmembraban de Chota, y La Trinidad que se separaba de Cajamarca’” (Zevallos, 1995).

Otro hito en la trayectoria siempre ascendente de Chiclayo se produjo en 1868. El gobierno de Mariano Ignacio Prado, por su carácter dictatorial, se había ganado el rechazo del pueblo. Se sublevó contra la dictadura, el coronel José Balta. En Cajamarca, tuvo diversos enfrentamientos con las tropas gobiernistas y resistió con gran valor, pero no disponía de los hombres ni los recursos necesarios para proseguir.

Balta decidió venir a Chiclayo y aquí obtuvo el apoyo que necesitaba. Llegó el 6 de diciembre de 1867 con doscientos hombres maltrechos y heridos; pero éstos rápidamente se reanimaron ante la recepción tan cordial y entusiasta de los chiclayanos. Respaldo de tal magnitud, vigor y eficacia que el Coronel lo recordaría con afecto toda su vida.

Amante de la libertad y la democracia, Chiclayo defendió la causa de Balta, no sólo con valor sino con alegría. Las tropas gobiernistas, fuertemente armadas y comandadas por el Ministro de Guerra de Prado, Coronel Mariano Pío Cornejo, confiaban en una fácil victoria.

Pero se desconcertaron ante los chiclayanos y chiclayanas, que, aunque desprovistos del armamento necesario, los enfrentaban resueltamente y –lo más insólito–, mientras combatían, cantaban alegremente un ritmo de moda, la conga: El ataque de las tropas gobiernistas duró desde el 14 de diciembre hasta los primeros días del nuevo año. El 7 de enero de 1868, retornaron a la capital, derrotadas por Balta y los chiclayanos.

Agradecido, el Coronel triunfante (luego elegido Presidente de la República), atendiendo un pedido de nuestro pueblo, dispuso que se iniciara la construcción de la Catedral de Chiclayo, y, en 1872, dio un Decreto creando el Departamento de Lambayeque, cuya capital debía ser Chiclayo. Pero, desde luego, era necesario que este decreto fuera ratificado por el Congreso para que, convertido en ley, tuviera la eficacia correspondiente.

El citado trámite quedó interrumpido porque cuatro coroneles (los hermanos Gutiérrez) se sublevaron contra Balta. Ellos no aceptaban que un civil (el electo Manuel Pardo) llegara al poder. Tomaron preso al Presidente Balta y uno de ellos, Tomás, ordenó su fusilamiento. El pueblo de Lima, indignado, ejecutó públicamente a tres de los Gutiérrez.

Instalado el Gobierno de Manuel Pardo, el Congreso aprobó la Ley que confirmaba el Decreto de Balta, ley que fue promulgada el 1º de diciembre de 1874. Y de este modo, en tan breve lapso, Chiclayo devino Capital de Departamento.

Pero, así como tuvo etapas de gloria –y, poco después, de heroico patriotismo durante la guerra con Chile– el pueblo chiclayano también vivió horas de amargura frente a la sádica insanía de la soldadesca invasora durante la ocupación que sobrevino a la guerra.

Numerosos chiclayanos rubricaron con su sangre y sus vidas el entrañable patriotismo de nuestro pueblo. Entre ellos, Elías Aguirre Romero (Segundo Comandante del Huáscar) y Diego Ferré Sosa (Teniente Primero, Ayudante del Almirante Grau), quienes se inmortalizaron en Angamos; los capitanes Juan Faning García y José Andrés Torres Paz, que lo hicieron en Miraflores, después de haber combatido a órdenes de Francisco Bolognesi en Arica y de Andrés Avelino Cáceres en Huamachuco.

Finalizada la guerra, se produjo la ocupación. El enemigo llevó a cabo una ‘razzia’ contra las poblaciones nor-costeras, para amedrentar a la gente mediante el saqueo, el incendio, la destrucción de edificios y el robo de todo el dinero y bienes industriales que encontraban. Linch y sus hordas se entregaron al más desenfrenado pillaje. Y como nada aborrecían tanto como los bienes culturales, incendiaron el Palacio Municipal. Intentaron hacer lo mismo con el Teatro Dos de Mayo; pero Alfredo Lapoint, ciudadano norteamericano, lo impidió.

Los invasores abandonaron definitivamente Chiclayo el 26 de julio de 1883. Hubo necesidad de levantar de sus escombros edificios tan estrechamente ligados a la historia de nuestra ciudad, como el Palacio Municipal, la Iglesia Matriz y el viejo local del Colegio San José (estos últimos, remanentes del Convento de los Franciscanos), que los chilenos habían convertido en caballerizo.

El Chiclayo de fines del siglo XIX e inicios del XX, tenía, aproximadamente, 13,000 habitantes. El lindero Norte de la ciudad era entonces la Huerta Navarrete, después llamada Quinta Varsallo. Ésta abarcaba –excedía– toda el área en la que después se construyó el Mercado Modelo. El frontis de la Quinta se extendía desde la calle Santo Domingo (Juan Cuglievan) hasta La Merced (Siete de Enero). Parte de esta calle tenía el nombre de Miraloverde, pero el pueblo la llamaba Barrio de las Latas. Más tarde, ampliada en gran medida, la calle Miraloverde se convirtió en la Avenida Pedro Ruiz.

Por el Este, la ciudad llegaba hasta Cinco Esquinas (el actual Parque o Plazuela Villarreal). Y por el Sur (aunque se ha dicho que hasta la calle Maravillas, hoy José Francisco Cabrera), puede considerarse que se extendía hasta Ganaderos (actual Calle Tacna), donde, en amplios corrales, se guardaba el ganado traído del campo. El lindero Oeste –según Jorge Zevallos– era la llamada Calle de las Carretas (después, Calle San Sebastián; hoy, Avenida Santiago Luis González). Sin embargo, Vicente Rázuri cita unos versos de Jelil en los que éste caricaturiza a unos políticos que, para cambiar de bando, se reunieron clandestinamente “en el barrio de Patazca”. Este nombre se le daba a una cuadra de la actual Avenida José Leonardo Ortiz, cuadra entonces adyacente a la Estación del Ferrocarril que iba a Eten (estación ubicada en el área que hoy ocupa el Banco de la Nación). En consecuencia, el lindero Oeste de Chiclayo era el Barrio de Patazca; pero es posible que entre aquélla y éste hubiera todavía un área no urbanizada.

El desarrollo de nuestra ciudad en el último siglo es el más dinámico y sorprendente en todo el Perú. Hoy supera a ciudades que ya habían sido fundadas e implementadas por los españoles, cuando en nuestro ámbito los misioneros franciscanos, para llevar la luz del Evangelio a los nativos, debían trajinar kilómetros entre una chocita y otra, pues éstas se hallaban sumamente dispersas. Por ello, se dispusieron las llamadas “reducciones” que obligaban a los nativos a residir en las inmediaciones del Convento de los Franciscanos (ubicado, entonces, en el área comprendida entre las calles San José, Alfredo Lapoint, Lora y Cordero y la Avenida Balta). Y así, con la mayor modestia como todo lo trascendente, nació Chiclayo.

Hoy, somos testigos de su formidable desarrollo. Es verdad que aún tenemos muchos problemas por resolver y muchas carencias por atender. Esto debe inducirnos a reflexionar con la mayor seriedad y con sólidos elementos de juicio cada vez que somos convocados a elegir autoridades y congresistas. No siempre hemos estado acertados. Pero, a Dios gracias, sí hemos tenido alcaldes, prefectos, diputados y senadores dignos de recuerdo.

Pero no perdamos la fe. Señalaba el historiador chiclayano Jorge Zevallos la singular circunstancia de que nuestra ciudad nació a la vera y al amparo de una Casa de Dios. Y formulaba la esperanza de que tal designio de Dios esté vinculado al porvenir que a nuestro pueblo le aguarda.

Por: Dr. Luis Rivas Rivas
Semanario Peru Norte.

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