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Tierra de osos

Publicado por Lambayeque 22 de diciembre de 2010

Laura tiene cuatro años y ya es madre. Hace siete semanas nació su cría en una de las aristas del cerro Venado, en Batangrande, Lambayeque, en una zona que aún no tiene ninguna protección del Estado. Ella forma parte de un proyecto que busca la conservación de osos de anteojos en el bosque seco, en el norte del Perú, junto a más de 30 osos que viven en perfecto estado silvestre.

La camioneta de doble tracción se detuvo a las 8 de la noche en medio de la nada. Ya no había ningún camino de trocha para seguir, así que simplemente nos bajamos con cuidado. El polvo que las llantas radiales levantaron se desvanecía y viajaba lentamente en la oscuridad. José Vallejos, Robyn Appleton y yo nos colocamos las linternas en la frente, echamos nuestras mochilas de tres pisos al hombro y empezamos a caminar hacia el cerro Venado. Cruzamos un pequeño campo cubierto por ramas y árboles marchitos, y luego trepamos por la ribera de un río seco, subiendo y bajando resbaladizas rocas, moviéndonos de izquierda a derecha, manteniendo las pisadas firmes. A las 11 de la noche encontramos a Isa Sánchez y Javier Vallejos en el primer campamento bajo la luz de una media luna y el cielo estrellado. Movimos unas cuantas piedras para nivelar la tierra, envolvernos en el sleeping y hasta mañana.

Los primeros pasos
A Robyn Appleton, directora del proyecto, nunca le cautivaron los osos de peluche. Ella prefería los de carne, hueso y lanudas cabelleras. Por eso, cuando era niña, e incluso de adolescente, los fines de semana acompañaba a sus padres a observar osos pardos y negros canadienses, en un amplio bosque cerca de su hogar. Estudió biología e hizo una maestría sobre estos admirables mamíferos. En una de sus locuras de viaje se atrevió a visitar Perú, y de paso, a una amiga que trabajaba en la Reserva de Chaparrí. Desde ese momento se enamoró perdidamente de los osos de anteojos peruanos.

A fines del 2006, junto a Javier, su mano derecha, inició una larga caminata por los alrededores de Laquipampa e Incahuasi, hasta llegar a Batangrande en busca de osos. Se le había metido a la cabeza que los encontraría. Una mañana de diciembre, luego de bajar las mochilas de la mototaxi y haber caminado un par de horas sin rumbo, avistaron a su primer oso. 15 minutos después vieron bajar de una loma a otro. Se quedaron una semana acampando en la parte alta de una colina para observarlos. Cuando se les estaban acabando las provisiones, y sin ganas e intenciones de regresar a la ciudad por más, vieron a una osa con dos crías avanzar frente a ellos y perderse en el bosque seco. En 3 semanas observaron a más de 8 osos de anteojos. El estudio piloto había empezado. La Sociedad para la Conservación de Osos de Anteojos (SBC, por sus siglas en inglés) había dado su primer paso.


Laura GPS
Nos levantamos a las cinco de la mañana gracias a los gritos de decenas de periquitos esmeralda y el chillido constante de un águila que volaba sobre nosotros. Javier e Isa habían descubierto que Laura, una de sus osas engreídas, había tenido su primera cría hace pocas semanas. Desde entonces la vienen siguiendo, hace más de 16 días. La noche anterior a nuestra llegada la dejaron durmiendo a pocos metros del campamento. Bueno, a 200 metros cuesta arriba en una pendiente de 60 grados; es decir, 2 horas más de caminata hacia la parte alta del mismo río seco que cruzamos la noche anterior.

Laura fue una de las primeras osas que observaron al empezar el proyecto, y desde que tenía año y medio nunca les tuvo temor y los dejaba acercarse. Por eso, ella y dos osos más fueron los elegidos para ser parte del primer capítulo del proyecto. Se les colocó un collar con GPS a cada uno para monitorear su recorrido. El informe preliminar enviado a la Dirección General de Flora y Fauna del Ministerio de Agricultura (DGFFS) de este año explica: “Los datos que hemos recibido hasta ahora del radio collar GPS son de un gran valor, ya que nos permiten entender el rango de vida de los osos silvestres en el bosque seco y cómo usan el hábitat. Las posiciones más notables fueron en octubre del 2008, cuando encontramos a la osa en un área donde no se pensaba que los osos llegaban. El área consiste en peñas de 100 a 500 metros de altura […] un macho joven ha caminado más de 150 km en menos de una semana. Ahora estamos entendiendo los requisitos de un macho joven y el tamaño de área que un oso necesita. También hemos confirmado que los machos cambian el uso de hábitat durante las diferentes épocas. En verano ellos bajan hasta los 200 msnm para comer la fruta del zapote y para buscar hembras. En invierno pensamos que los machos jóvenes trepan a las áreas más alejadas y de mayor altitud donde pueden comer el árbol de pasallo, las bromelias, y los caracoles.”

Laura estaba recostada junto a su cría al pie de una pared de roca. La sombra de la mañana las protegía completamente. Cuando nos vio llegar rugió tímidamente en señal de advertencia. Su cría alzó la mirada para observarnos y luego siguió jugando con una de las ramas secas que cercaban su nido. No les quitamos la mirada durante todo el día, bajo el sol de 32 grados, parados en un espacio de 20 centímetros cuadrados en plena pendiente. No nos dimos cuenta de la incomodidad. El espectáculo fue maravilloso.

La cría estaba inquieta y no dejaba de jugar. Se trepó en el lomo de su madre. Luego se bajó y comenzó a morderle una pata; luego una oreja. Tambaleándose, caminaba pocos metros inspeccionando el área y luego regresaba a dormir. Aproximadamente cada hora tomaba la leche de Laura emitiendo sonidos burbujeantes y constantes. Todos enmudecíamos cada vez que lo hacía. Luego se levantaba y bebía la saliva de su madre como dándose besos. Laura siempre le correspondía el juego. Al atardecer, cuando el sol le empezó a caer suavemente, colocó a su cría boca arriba y la empezó a lamer, como bañándola y limpiándola antes de las buenas noches. Nosotros guardamos los víveres y nos alejamos trepando por otra pendiente, buscando un nuevo lugar para acampar. Cuando Laura nos vio salir, se levantó y fue al lugar donde estuvimos ubicados para verificar si todo estaba en orden. Ambas se quedaron a descansar ahí esa noche, y nosotros también, a 300 metros, ahora en una zona más alta e inclinada.

Cerro Venado
Al sur del Refugio de Vida Silvestre Laquipampa, a 60km al norte de Chiclayo, pasando el pueblo de Batangrande y cruzando sembríos de naranja, cebolla, maíz y mango en terrenos invadidos a la empresa Agro Pucalá SAA durante muchos años, llegamos a un muro de rejas y alambre. Aquí empiezan las hectáreas de propiedad del Comité de Ganaderos el Cebú en la Comunidad de Mochumí Viejo y comienza también el área de estudio de los osos de anteojos en el bosque seco norteño, una zona agreste y extrema que alberga más vida de la que jamás podríamos concebir.

Pasando este límite arranca un bosque llano colmado de árboles de zapote, algarrobo y cactus gigantes. El Cerro Venado se levanta a pocos kilómetros de este primer punto, con pendientes casi verticales en algunos cantos, lajas de roca liza en muchas de sus paredes, abundantes brotes de maleza y árboles deshidratados durante la temporada seca, y exuberante vegetación en época de lluvia.

Sin embargo, en un área tan complicada como esta, la vida siempre se abre paso. En toda la zona alta se han identificado ocho pequeñas pozas de agua o jagueys, que representan la mayor fuente de líquido disponible la mayor parte del año. El proyecto tiene el objetivo de detectar la distribución geográfica y la abundancia de los osos en esta área no protegida –y protegida, como Laquipampa–, por ello ha instalado 20 cámara fotográficas “trampa” en estos jagueys para complementar la información realizada por la observación. Hasta el momento se han identificado 31 osos en la zona y acumulado valiosa información sobre su alimentación, costumbres y recorrido, además de imágenes de la abundante fauna que vive junto a ellos como pumas, tigrillos, venados, gatos monteses, etc.; y lo más interesante, evidencias reales que demuestran nacimientos de osos de anteojos en total estado silvestre.

Temporada seca
Es noviembre y el sol pega fuerte. Los árboles de Palo Rosa y Hualtaco a nuestro alrededor están secos y la tierra quema. Ayer por la noche lloviznó un poco y nos refrescamos por unos minutos. Laura se despertó temprano y fue a explorar buscando algo qué comer junto a su cría. La pequeña avanzaba lentamente, con mucho temor, y lloraba como un bebé cuando no podía escalar una pared. La madre regresaba, la tomaba de la mejilla con sus dientes, la cargaba hasta un punto seguro y la colocaba nuevamente en el suelo. Luego de unos minutos, Laura encontró un par de cactus y se los devoró. Después trepó una pared de 110 grados buscando caracoles. De un manotazo los arrojó al suelo y los empezó a comer. Iba y venía. Subía por una cara del cerro y bajaba por otra buscando agua. Finalmente encontró un charquito casi seco y bebió lo que se podía. La cría estaba segura en una cueva en la parte alta de un peñasco pero no se mantenía tranquila. Sus llantos se volvían más intensos cuando Laura no le respondía el llamado. A media mañana, cual guión de NatGeo, apareció un cóndor macho volando en círculos sobre la cría, bajando siempre la mirada para verla mejor. Laura estaba comiendo el corazón de un árbol de Pasallo, recuperando energías para poder seguir su camino al día siguiente. El cóndor planeó por más de 20 minutos y luego desapareció. La cría siguió llorando hasta que su madre apareció y la ocultó en una cueva más grande y accesible. Al atardecer, ambas salieron y se echaron fuera de la cueva para armar su nido. La pequeña empezó a jugar y luego tomó algo de leche.

Ese día Laura se movió medio kilómetro más y nosotros cambiamos nuevamente de estación para estar cerca. Durante cinco días de observación no vimos otros osos, solo nos concentramos en Laura y su cría. Además, Robyn me explicó que pueden pasar varias semanas para ver un oso, o es necesario caminar muchísimo y escalar murallas verticales durante horas. Por eso son tan importantes los collares con GPS, además de proveer información que realmente sea precisa para volverse confiable y científica. Ahora el proyecto está haciendo todos los trámites necesarios para colocar 8 collares más en la temporada de verano o de lluvias norteñas, época propicia para colocarlos porque lo osos bajan al campo en busca de zapote. Enero será una temporada excelente para inmovilizar a los osos y poder recopilar más datos.

Robyn y José me cuentan que a fines de diciembre empieza un nuevo ciclo de vida en las partes bajas del cerro Venado. Uno totalmente distinto al de la temporada seca, en la “punta del cerro”. Pero eso ya es otra historia. Continuará…

Protección y cuidado
Hace más de dos meses, junto con los representantes del Bosque de Pómac, se empezaron los trámites para anexar esta zona con la Reserva de Vida Silvestre Laquipampa. La importancia del área y los riesgos que existen en la zona son motivos suficientes para que el hogar de los osos de anteojos silvestres esté protegido. “Se ha enviado una propuesta usando los datos obtenidos hasta ahora por el proyecto. Se está pidiendo ampliar 17 mil hectáreas más a las 8 mil que posee actualmente Laquipampa ya que el área de recorrido de los osos puede llegar hasta algunas zonas de Cajamarca”, comenta Robyn Appleton.

Como en muchas partes del norte del Perú, el riesgo más grande que enfrenta el bosque seco son las invasiones de tierras. “A pesar de que los osos viven la mayor parte del año en las partes altas, en verano bajan para alimentarse de zapote, beber de las pozas de agua que se forman durante las lluvias y aparearse”. Si las invasiones siguen como hasta ahora, su hábitat se reducirá al mínimo, además que uno de sus ciclos de vida desaparecerá y creará un aislamiento forzado que debilitaría su material genético, promoviendo finalmente su extinción.

Sabemos que el oso de anteojos u oso andino es una especie paraguas, y protegiéndolos, protegeremos también a otras especies que viven dentro de su hábitat. Este proyecto nos ha mostrado y demostrado que el cerro Venado y alrededores no es un simple pico en medio de la nada, sino una de las zonas que quizá sea la que tenga mayor densidad de osos de anteojos en el Perú y Sudamérica.

Por: Rommel Gonzáles
(Publicado en la revista Somos 1260 de El Comercio)

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